Arcilla
jueves, febrero 26, 2004
 
adiós
las estrellas son indiferentes al ladrido de los perros
también a mis palabras

en mis labios arde un astro diminuto
a quién le importa
si el Amor es la llave de la Gracia
no puede ser Amor esta pasión mudable
adiós a las mayúsculas y los grandes conceptos
nuestras estrellas son bolas de gas que se consumen
la eternidad es una linda idea
gestada en la ceniza
a quién le importa

tengo frío siento el peso del hambre en mis entrañas
su lento socavar
el rescoldo de mi pensamiento en esta página
a quién le importa

aquí no hay nadie
miércoles, febrero 25, 2004
 
Traducción
Queridos amigos, les mando un poema de Sylvia Plath.


Mística

El aire es una fábrica de garfios ---
preguntas sin respuesta,
centelleantes y ebrias como moscas
cuyo beso aguijonea intolerablemente
los vientres fétidos del aire negro bajo los pinos en verano.

Recuerdo
el muerto olor del sol sobre las cabinas de madera,
la rigidez de las velas, sus largos cordeles de sal.
Cuando uno ha visto a Dios, ¿cuál es el remedio?
Cuando uno ha sido estropeado

sin omitir parte alguna,
no un dedo del pie, ni un dedo de la mano, y usado,
consumido, en la conflagración solar, los tintes
que se alargan de las antiguas catedrales,
¿cuál es el remedio?

¿La píldora de la Comunión,
la caminata junto a las aguas quietas? ¿Memoria?
O recoger los brillantes trozos
de Cristo en los rostros de los ratones,
quienes, domesticados, mordisquean flores, aquellos

cuyos sueños son tan bajos que permanecen cómodos---
el jorobado en su pequeño hogar bañado
bajo los rayos de la clematis.
¿No hay gran amor, sólo ternura?
¿El mar

recuerda al caminante sobre él?
El sentido escapa de las moléculas.
Las chimeneas de la ciudad respiran, la ventana suda,
los niños brincotean en sus camastros.
El sol florece, es un geranio.

El corazón no se ha detenido.


Trad. Saúl Ordoñez
jueves, febrero 19, 2004
 
Silencio
Un ciprés no es un puente
entre el cielo y la tierra,
es un límite:
el signo de una falta,
una ausencia
presente.

Antorcha de oscuridad.
 
Aquí en la tierra
Llego tarde a la fiesta, pero no es tan malo, porque los otros han recorrido un trecho tal que podré verlos pedos, estando lo suficientemente sobrio para divertirme con el espectáculo. Además, esta noche no quiero emborracharme, lo cual asegura que no lo haré: En gran parte, embriagarse es algo psicológico, depende de tu estado mental: Si deseas hacerlo o estás deprimido, basta una chela para empezar a sentir mareos; si no, hay aguante. Yo no quiero y estoy en plena forma.
Al tercer timbrazo, Samanta, la dueña de la casa, me abre la puerta. –Pasa. ¡Qué bueno que viniste! –dice, mientras me conduce a la sala, donde ya se encuentran los demás: Felipe y Jorge juegan al billar. Valentina pone un disco. En el sofá, Tomás y Fernando discuten acaloradamente. Me extraña que Tomás se encuentre sin pareja esta noche. –¿No vino Nadia? –pregunto a Samanta, después de un saludo general a la concurrencia. –Por supuesto. Nunca se pierde una fiesta –responde. –Está en la cocina. Si quieres, ve; hay tacos. –De inmediato obedezco a la invitación. Samanta es una espléndida anfitriona y excelente cocinera, pero no es la comida lo que me llama tan poderosamente, sino la posibilidad de estar a solas con Nadia, aunque sea unos minutos.
–¡Hola! –exclamo al entrar a la cocina. Ella levanta la vista y me regala una sonrisa cálida. Saco la botella de vodka que llevo dentro de la chamarra y se la tiendo. –Tú sí sabes –me dice. No me gusta el vodka, por traicionero, y no probaré ni una sola gota; pero a ella le encanta, por eso lo traje. El beso húmedo y tronado que me da en la mejilla bien vale la pena. Aunque yo quiero más y trato juguetonamente de besarla en la boca. No me deja. –¿Qué no ves que vengo con Tomás? –me dice –Vamos a la sala. –Se sienta al lado de su novio. Yo me quedo parado cerca de la puerta. –¿Qué bebes? –me pregunta Valentina. –¿Qué tienes? –le respondo. –Tequila. –Dame uno. –¿Con refresco? –No, solo.


Creí ser el último en llegar, pero, una media hora más tarde, arriba Roberto, lo cual significa que tendré que cuidarme está noche. –No me dijiste que lo habías invitado –le reclamo a Samanta. –No lo hice, alguien más habrá sido –responde. –Pero no entiendo qué problema tienes con él. Es buena onda –me dice, al tiempo que coquetamente me alborota los cabellos con la mano. Luego va a la cocina por hielos.
El pedo que traigo con Roberto, comenzó en otra fiesta, hace como un año. Cuando estamos demasiado alcoholizados para conducir, lo cual ocurre la mayoría de las veces, Samanta nos obliga a dormir en su casa. Entonces hay que compartir cama. A menudo bromeamos que lo único por lo que preocuparse en las fiestas de Samanta, es ver con quién amaneces. Esa vez, me tocó con Roberto. Ya estaba bien jetón, cuando me despertó el sentir su brazo sobre mi espalda. Creyéndolo dormido, sólo me liberé y me alejé un poco. Al poco rato, otra vez el brazo y yo de nuevo a liberarme y arrimarme al borde de la cama. Apenas volvía a conciliar el sueño, cuando se repitió el asunto, y aquello ya era un toqueteo descarado. –¡Párale, pinche puto, o te parto la madre y armo un escándalo!–amenacé. Me levanté y me marché a casa. Al otro día, un poco enojada, Samanta me preguntó por qué me había ido tan abruptamente, dejándola con el Jesús en la boca. Inventé una excusa cualquiera.





Una de las primeras señas físicas de que el alcohol está surtiendo su efecto, es una sensación de adormecimiento en el rostro, como ocurre con la anestesia cuando uno va al dentista. Empiezo a sentirla. Será mejor que vaya más despacio. Pero ver a Tomás cachondeando con Nadia me calienta la sangre y aumenta mis ganas de beber, lo cual puede ser contraproducente, ya que le prometí a Samanta que no armaría bronca. Además, Roberto no me quita la vista de encima. ¡Pinche puto!
Afortunadamente, Fernando se une al juego de billar, pidiéndome que lo haga también para equilibrar la competencia. Mi nula destreza con el taco confirma que el alcohol empieza a hacerme daño.





Ahora estoy clavado con Valentina en un rollo rarísimo sobre el manejo de la energía. Otra de las señales de que el alcohol efectivamente está actuando sobre mí, es que se me suelta la lengua; usualmente soy muy cayado. Lo peor: me embarco en unas parrafadas tremendas sobre materias disparatadas como el arte, la filosofía o las ciencias ocultas.
–Valentina, ¿alguna vez te has preguntado por qué bebemos, si sabemos que nos hace daño y al otro día nos sentimos tan mal?
Parece reflexionarlo. Sé que sabe de lo que hablo porque es siempre a quien le va peor: Padece gastritis crónica, así que después vomita al menos una docena de veces. Y también al menos una docena de veces ha prometido no volver a tomar, obviamente, sin éxito alguno, o no estaría ahora a mi lado, sosteniendo un vaso de tequila y pensando acerca de una pregunta que yo tampoco haría estando sobrio.
Al fin, pesadamente responde: –No, nunca me he preguntado por qué bebemos.
–Yo sí. Creo que es por Tánatos. Tú sabes: el impulso que todos tenemos hacia la autodestrucción. Bebemos porque es como un sorbo de muerte que nos hace disfrutar más del sabor de la vida. Porque Eros y Tánatos van juntos. Tú sabes: los gemelos.
Valentina me mira azorada. Dice: –Sí, es eso. Tienes razón.







Nadia se levanta de donde está sentada con Tomás y se dirige al baño. Espero un rato y luego finjo ir por algo a la cocina. Cuando ella va de regreso, la sorprendo, tomándola del brazo y llevándola hacia una de las habitaciones. Cierro la puerta tras nosotros. Ella no deja de reírse. Le doy un beso. Ella responde. Empezamos a fajar. Pero luego se detiene: –Se van a dar cuenta. –Se arregla las ropas y abandona la habitación. Cuando salgo tras ella, Samanta aguarda fuera. –Creí que podrías sentirte mal –le dice. Y, a mí: –¡Eres un cabrón!






Mis compañeros de billar se han marchado. Nadia y Tomás deben estar durmiendo o cogiendo en alguna de las habitaciones de está casa, ¡chingada madre!
Quiero bailar con Samanta, pero Valentina no consigue poner en el estéreo la canción que hemos pedido. Roberto nos observa desde una esquina de la habitación.







He tenido una laguna mental. Recuerdo que estaba platicando con Samanta
Ahora estoy en el baño. Vomité en el lavabo. No sé cómo he llegado aquí. El espejo me muestra mi rostro pálido, amarillo. Abro el grifo. El vómito se va en espirales. Respiro profundamente. Me arrojo agua al rostro. Salgo.








Todo da vueltas. Arde. ¿Dónde está Samanta? ¿Valentina?
Me recuesto en el sofá. Roberto se acerca. –Estamos en el infierno –le digo. –No mames, wey –responde. –Ya vamos a dormir.
 
El milagro de Ana
a Ana Rosa Ávila

El día del milagro comenzó como cualquier otro. Aún no había amanecido y ya Ana estaba de pie, preparándolo todo para mandar a los niños a la escuela. Primero, encendió el calentador del agua, que se mantenía apagado por completo para ahorrar combustible. Diez minutos después, despertó a Andrea, la mayor, quien ya iba a la secundaria y entraba más temprano, además de que siempre se dilataba una eternidad en el baño: –Apúrate, se le hace tarde a tu padre y se enoja. –Luego planchó los uniformes y preparó el desayuno –Estos chilaquiles están aguados –dijo Abraham, el marido. La hija se demoró otra vez y se fue sin tomar nada.
A los otros, Miguel y Pablo, escolares de primaria, no los despertó hasta que el padre y la hermana se habían marchado. Pero a ellos había que acarrearlos para que se arreglaran y cuidarlos en todo momento, porque si no, apenas les quitaba la vista de encima: –¡Mamá, Miguel no me deja entrar al baño! –¡Mamá, Pablo me quitó mi libreta! –¡Mamá, Miguel me pegó!
Ana no tuvo un respiro hasta que hubo dejado a los pequeños en la escuela. Además, el día del milagro, debió que hablar con la maestra de Pablito, pues –es muy inquieto, nomás se la pasa platicando y distrae a los demás. Debería aplicarle un correctivo.
Ya en casa, desayunó, pensando en todo lo que tendría que hacer a lo largo del día. Al terminar de comer, se dio un minuto de descanso y luego puso manos a la obra: fregó los trastes, tendió las camas, barrió, trapeó, sacudió, metió en remojo la ropa que lavaría por la tarde. Así, dieron las once, hora de ir al mercado, una de las labores que más le gustaba, porque podía entretenerse contemplando las chácharas de los puestos, aunque nunca se compraba nada, o tal vez encontraría a alguna comadre, alguna amiga con la cual platicar de lo traviesos que son los hijos, las buenas y malas mañas de los maridos, el costo siempre ascendente de la vida y los milagros que deben hacerse para mantener a una familia de cinco con un salario mínimo.
Esa mañana, llamó su atención, un marchante que ofrecía –la milagrosa crema de concha nácar que quita el paño, borra las pecas y aclara el rostro. –Ana se acordó de su cara manchada desde su último embarazo: –¿Ya te viste? Estás toda marcada. Hazte algo –le decía su marido. –¿Cuánto cuesta? –preguntó. –Nomás veinte pesitos. Llévesela, güerita. – Ana rascó en su monedero. No, luego descompletaba para el gasto y mañana debía comprar un tanque de gas, e imposible pedirle más dinero a Abraham sin que se enfurruñara y le dijera que era una despilfarradora, que debía economizar, -¿No ves como me parto el lomo para traerte estos pesos?
Al volver del mercado, empezó a preparar la comida. Se encontraba picando cebollas, cuando el radio, su siempre fiel acompañante matutino, lanzó el anuncio del ángelus, pero lo que oyó no fue el esperado el-ángel-del-señor-anunció-a-maría, sino un –Alégrate, Ana.
Levantó la vista. Frente a ella se encontraba un hombre moreno, no muy guapo pero con un atractivo personal más poderoso que el de un imán, vestido por completo de cuero negro como un motociclista y, lo milagroso, con unas enormes alas de cuervo. El corazón de Ana dio un vuelco tremendo y casi se desmaya. –Alégrate, Ana, porque has sido elegida para ser la madre del Otro, del Némesis –agregó el ser.
Ana no entendió. ¿Quién era el portentoso personaje que así le hablaba? ¿Acaso era un ángel? Suponía que los ángeles eran rubios, con ojos de muñeca, no como éste, moreno, con mirada de tizones y cabello azabache relamido hacia atrás; además, no usaban semejantes ropas de vándalo. Por si fuera poco, no olía a rosas, ni nardos, ni ningún otro olor de santidad, sino a una mezcla de sudor y colonia barata, como cualquier hombre. Pero los equívocos alones, imposible evidencia, terminaron por convencer a Ana de que no podía ser sino un ángel y, aunque no sabía el significado de la palabra némesis, recordando el catecismo, contestó lo único que se podía responder en estas situaciones: –Hágase en mí según tu palabra.
De inmediato experimentó un estremecimiento, como un temblor de tierra, y la cegó una luz blanquísima. Apretó fuertemente los párpados durante el instante en que duraron estas tremendas sensaciones. Después, nada, estaba sola de nuevo.
¿Había sido verdad lo ocurrido, o no más que una alucinación, un disparatado sueño diurno? Ella, chaparrita, morena, menuda, tan humilde, tan insignificante, elegida para cumplir una misión divina, era indigna. Aunque, ¿no era así la Virgen María?, como ella. Ahora, también sería la madre de... ¿el Otro, el Némesis? ¿Qué significaba aquello?
Y estaba la otra parte de la profecía: siete espadas atravesarán tu corazón. ¿Qué tal si a ella igualmente le mataban al hijo, si terminaba con el pecho más agujerado que un alfiletero, al pie de la cruz, con su amor materno escapándosele en chorros de lágrimas turbias? Pero ya no podía hacer nada, no podía llamar al ángel y decirle –Discúlpeme, he cambiado de opinión. –Debía, como le enseñaron, cumplir con su destino de mujer hasta las últimas consecuencias, -porque a eso venimos a este valle de lágrimas.
Aunque tal vez sería diferente. ¿No decía el Apocalipsis que el hijo de Dios regresaría para vencer definitivamente al mal y establecer sobre la tierra su reino sin fin? Ana imaginó que quizás por eso el ángel había dicho némesis y no cordero, como se le llamaba a veces: un cordero era algo que se sacrifica, pero némesis debía ser, por fuerza, el nombre de alguien poderoso, y ése sería su hijo.
Tan ensimismada estaba en estás reflexiones que, cuando se dio cuenta, era tardísimo. No había hecho la comida; prepararía, a última hora, huevos con jamón o algo así. Salió corriendo por los niños, pero, antes de llegar a la escuela, pasó al mercado y se compró la milagrosa crema de concha nácar.
Ni Andrea, ni Miguel, ni Pablo, entendían por qué estaba tan rara su madre esa tarde. No lavó, no planchó, no hizo nada más que canturrear, volando alrededor de las macetas que mantenía en el patio. Y cuando Pablo, el menor, le pidió que le ayudara a hacer su tarea, contestó: –Dile a tu hermana.
Tampoco Abraham tuvo idea alguna de lo que le ocurría a su mujer. Esa noche llegó muy tarde. Ana ya se encontraba en la cama, él buscó su cuerpo. –Estate quieto –le dijo, propinándole un codazo. Luego se durmió con las manos sobre el vientre, que ya sentía redondearse.
 
El infierno por todos tan temido
Me voy a ir derechito al infierno porque soy malo. Dice mi abuela Carmen que salí a mi papá y como él me voy a retorcer por siempre en las flamas eternas, igualitas a las que estoy viendo en este momento.
Ahora paso todo el tiempo con mi abuela. Vivimos solos en esta casa tan grande, olorosa a pipí de gato. Aunque mejor debería decir que la casa es chica, pues ha cerrado con llave las habitaciones según se han ido vaciando. Antes, cuando los cuartos estaban todos llenos de tiliches, me colaba en ellos para jugar a que descubría la tumba, atiborrada de tesoros, de un antiguo faraón, tal como los personajes de los libros de aventuras que me regalaba mi papá. Después, cuando ya no había triques, me entretenía pegando unas carreras y dejándome resbalar sobre los pisos. Ella se enojaba mucho, porque terminaba con las rodillas despellejadas y la ropa hecha una lástima. Por eso ya no usamos más que la cocina, el baño y el cuarto en que dormimos.
Cuando vivía mi tía Lola, todo era diferente. Al principio, era igual de gruñona que mi abuela. El día que mi papá me trajo aquí, me dieron mucho miedo, tan serias y con sus vestidos negros, se me figuraban alguna aparición. Yo no quería que mi papá me dejara con ellas, así que me puse a llorar y me abrace muy fuerte a sus piernas. Pero mi tía me agarró del brazo y me llevó a rastras hasta la cocina. Lo bueno es que ahí estaba Esperancita. Era un pan de dios. De seguro vive ahora en el cielo. Esa vez, me dio un pedazo de piloncillo para que me callara. Me gustaba estar con ella, pues me contaba cuentos y me daba cosas ricas. Aunque mi abuela siempre me corría de ahí, porque la cocina no es lugar para los hombres.
Con mi tía, todo era estudiar. Me ponía a leer en voz alta y a memorizar unos libros muy aburridos, no como los de aventuras que me regalaba mi papá, y se enojaba cada vez que me equivocaba. También me hacía llenar planas y planas de una libreta grande, hasta que me dolía la mano. Y luego estaba, todas las tardes, el rezo del rosario con la abuela. Nos arrodillábamos los tres frente al altar casero, duro y dale a desgranar padrenuestros y avemarías, que terminaban por arrullarme, pero nada más empezaba a cabecear o distraerme, un buen pellizco me sacaba de mis sueños: ruegaseñorapornosotroslospecadores...
Desde que llegué, mi abuela me dio la tarea de atizar todas las mañanas el calentador del baño. Es como un tambo alargado, grande y negro, y arriba tiene un tubo largo por donde sale el humo. Primero, tengo que sacarle la ceniza, después le meto unos palos empapados de petróleo y les prendo fuego con un cerillo. Hay que tener cuidado, porque de inmediato saltan unas llamas grandotas y rugientes. Una vez, estaba distraído y el fuego me alcanzó la cara. Se me chamuscaron las pestañas, las cejas y los pelos de enfrente. Mientras me embarraba clara de huevo en el rostro escaldado, mi abuela me dijo que el infierno era peor: un mar de fuego que no se apaga nunca, donde los malos se retuercen gritando, entre la pestilencia de sus pelos chamuscados. Desde entonces, no puedo dejar de pensar en el infierno cada vez que atizo el baño, como ahora.
Un día, Esperancita no llegó. Mi tía se puso furiosa porque le tocó cocinar. Por la tarde, vino una muchacha. Fue mi abuela quien le abrió la puerta. Luego nos llamó: –Esperanza ha muerto –nos dijo. –Que Dios la tenga en su gloria. Desde mañana va a estar con nosotros su sobrina Caridad, la joven de hace rato.
Caridad no me contaba cuentos, pero era muy bonita y también me daba cosas ricas. Además, desde que llegó, se le quitó lo gruñona a mi tía Lola. Se hicieron amigas. Pasaban las tardes bordando. Mi tía se volvió risueña y ya no me regañaba, hasta me compraba dulces después de la misa del domingo y, una vez, un papalote.
Pero esto duró bien poco. Una tarde, mi abuela entró en el cuarto de mi tía cuando Caridad estaba ahí. Yo nada más oí sus gritos. Nunca supe por qué gritaba, no entendí nada. Sólo sé que corrió a Caridad, quien se fue llorando. También mi tía lloraba. Lo peor ocurrió al día siguiente: Mi abuela fue a despertarme, diciéndome: –Ve con tu tía y dile que se levante, que prepare el desayuno. –Yo obedecí, pero, por más que tocaba su puerta, no contestó. Se lo dije a mi abuela. Fuimos los dos y ella sacó una llave, abrió la puerta: Mi tía no estaba; la cama, tendida. Mi abuela fue hasta el ropero y abrió los cajones: vacíos. Encontró un papel sobre el escritorio, lo leyó, se puso colorada y me dijo muy sería: –Tu tía está muerta... Y no llores. No vamos a llorar. Yo sentí un bulto que creció en mi pecho, en mi garganta, tal vez eran mis lágrimas empozadas.
Creo que a mi abuela también se le empozaron las lágrimas, pero en la cabeza, porque empezó a actuar muy extraño: Ya no ha salido de la casa, ni para ir a misa, aunque, cuando no está haciendo otra cosa, nomás se la pasa rezando el rosario, y tengo que acompañarla en las interminables avemarías y padrenuestros. Dice que es por la salvación de nuestras almas.
Antes, me mandaba a comprar las cosas que íbamos necesitando; ahora, ni eso. Y todo porque un día me encontré a mi tía. No le digas a tu abuela que me has visto –me dijo. Yo no le obedecí, porque creí que le daría gusto saber que no había muerto y que todo volvería a ser como antes. Al contrario, se enojó mucho y me prohibió salir a la calle. Cada tercer día, una vecina nos trae el mandado y lo que le pide mi abuela. Pero los palos y el petróleo para el calentador, esos no, por eso mi abuela me ha ordenado ir quemando los tiliches de los cuartos.
Sin embargo, creo que me dejará salir otra vez, porque ya no queda nada para encender el calentador, ha ardido todo lo posible, quedándonos sólo con lo más indispensable. Hoy he tenido que arrojar al fuego sus libros de rezos. Se va a enojar mucho y me va a decir otra vez que soy malo y me voy a retorcer por siempre en las flamas eternas del infierno. Pero tendrá que dejarme salir y, entonces, huyo con mi tía.
 
Expulsión del paraíso
para Alba Marina Rodríguez

Hace ya mucho no duermo en mi propia cama. El abrazo de ésta es frío, impersonal, como el que se da por cortesía a un apenas conocido –el adverbio no es de tiempo: uno puede serlo por siempre. –El olor de las sábanas es inhumano, demasiado limpio. Pobrecitas, no han tenido tiempo de encariñarse con nadie, de envejecer e irse volviendo transparentes, deshilacharse, llenarse de hoyos, aromas y remembranzas.
La habitación también es anónima, adolece de carácter, mejor dicho, tiene el carácter desabrido común a todas las habitaciones de hotel. La decoración es anodina, gregaria. Los cuartos de hotel son siempre solitarios, vírgenes perpetuos, apenas pasan una noche con alguien y a la mañana siguiente las camareras vienen a lavarles el recuerdo.
Hace ya largas noches no duermo en mi propia cama, sino en una diferente cada vez, aunque en realidad han sido todas iguales, como las he descrito. Puedo afirmarlo porque las conozco. No es que carezca de una habitación propia. Tengo una casa a mi gusto: muros gruesos, techos altos, amplios espacios donde el aire juguetea y la luz se demora. Sin embargo, me he convertido en un extranjero de mi casa, un exiliado por voluntad propia.
El origen de mi situación está en mi congénito temor del mundo. Hasta donde me alcanza la memoria, mi madre nunca abandonó el hogar sino para cumplir con la misa dominical. Para ella, el exterior era un sitio pavoroso, lleno de peligros innombrables, contra los que debía, a toda costa, protegerse y protegernos, así que nos impuso su régimen ermitaño.
Mi madre no salía sino para asistir a misa; yo, además, para ir a la escuela. Era un colegio de monjas severas, de cabellos cortos y zapatos de hombre, que nos hacían rezar todas las mañanas a nuestro ángel de la guarda, para que nos protegiera de las acechanzas del diablo –junto a la carne y el mundo, uno de los tres enemigos del alma –antes de la clase de matemáticas.
Como todos los niños, detestaba la escuela. Los otros no jugaban conmigo porque era muy gordo y no sabía patear una pelota. Era un solitario que prefería estar con los adultos o leer un libro, un bicho raro con el que uno puede divertirse picándolo con un palito antes de aplastarlo bajo el zapato.
Pero también estaba Lourdes. Para describirla basta decir que tenía una sonrisa de primera comunión y cabello rubio, tan delgado y suave como hilos de araña. Me guardaba cierta simpatía. Fue mi primer amor. En la luz dura del patio del colegio, jugábamos a ser novios. Hasta la tarde en que su madre horrorizada fue a hablar con la mía y le pusieron punto final a nuestra inocencia.
Resumiendo esta historia, era un extraño para el mundo. Mas el mundo se me presento una tarde, y se llamaba Luis Carlos.
Homo homini lupus, solía decir mi madre. Tenía razón: era un lobo. Vestí mi mejor piel de cordero y el cazador cayó en mi trampa. En lo profundo del inconsciente, habita el deseo; pese a todo –los pavores de mi madre y el catecismo de las monjas –sus mecanismos precisos siempre funcionan, sólo así puedo explicarme.
No quiero que se me malentienda: estaba aterrado. Nunca dejé de estarlo. Era virgen –a mi edad, daba asco. Pero él me condujo con una paciencia de buena madre. Fue el maestro; yo, como Juan, el discípulo amado. Pronto aprendí que mi madre y las monjas estaban equivocadas: la carne y el mundo no son enemigos del alma. Pero el diablo, sí; existe, mas no es quien ellas describían.
¿Qué ocurrió? Esperaran oír ahora una historia de traición. Nada de eso, tal no podía existir entre nosotros: Una noche, Luis Carlos, el mundo, me pidió que formalizáramos nuestra relación. No –fue toda mi respuesta. Atónito, luego deshecho, argumentó, suplicó. No cedí: –No. Ya no nos veremos –fueron mis palabras finales. En lo profundo del inconsciente, habita un amor de la muerte, una fatalidad de desdicha, que, a pesar de todo –mi pasión –actúa especialmente en pobrediablos como yo, sólo así puedo explicarme, o tal vez no fue más que cobardía de mi parte.
Siendo honesto, no entiendo lo que he hecho. Creo que lo amo. Me duele su ausencia. Sin embargo, no lo he llamado, aunque se que volvería, no puedo hacerlo.
Solo en casa, hice el amor con su aroma impregnado en mis sábanas. Eso duró hasta que desapareció el olor. Desde entonces no he podido volver a dormir en mi propia cama.

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