Arcilla
jueves, octubre 23, 2003
 
El Jimmy
Cuando escuché la noticia de su muerte, pensé hacer de ella una historia. Podía ver claramente la escena final en sus más mínimos detalles: el gélido aire cabalgado por perfumes baratos, el trémulo equilibrio de la luz neón sobre el filo metálico, el rojo de la sangre en el pavimento... No recurriría al lugar común para decir que el grito del Jimmy, al ser penetrado por la muerte, rompió el silencio de la noche, porque, además de trillado, sería increíble: la noche jamás es silenciosa, y menos en lugares como éste: una calleja de putas y vestidas. El alarido del Jimmy rompió nada.
Había otros detalles que, a pesar de mi empeño, no lograba precisar. Por ejemplo, ¿cuál era la relación entre el niño de trajecito blanco y listón al brazo, a quien mi tía enseñó el catecismo de la primera comunión, y la quimera de ropas embarradas y pechos falsos que nos gritaba tontas obscenidades, despertando en nosotros la ira, pero también un sentimiento innombrable, semejante a un cosquilleo molesto? La ausencia del padre y la crianza forzosa con la abuela enferma, no lograban convencerme, eran una salida fácil, una trampa de psicoanalista. Debía existir una razón más profunda y compleja. Tal vez si me limitaba a narrar la anécdota de la muerte... No, debía conocer al personaje para hacerlo verosímil, vivo en el papel.
En esas andaba, cuando me dijeron que el Jimmy no había muerto. Estaba en la cárcel por firmarle a navaja el rostro a una rival de amores. Adiós historia. Perdió todo sentido continuar.
Varios meses después, el Jimmy reapareció en el barrio. Se presentó al final de la misa dominical del mediodía. Iba en muletas. Lo acompañaban su madre y un hermano. Las miradas de todos los presentes siguieron sus lentos pasos hasta el altar, donde se arrodillaron un momento, para luego salir tan taciturnos y ajenos como habían entrado.
jueves, octubre 16, 2003
 
Experiment...
Hoy me encontraba en una clase en inglés y comencé a escribir un poema. Nunca había escrito en una lengua que no fuera la mía y no pretendía hacerlo, pero las palabras surgieron así. De hecho, el título está en español. Es el primer borrador y falta corregirlo -creo que terminaré por traducirlo. Pero lo coloco aquí como experimental, la semilla de una obra aún no concluida.

Penélope

You ran away
from me
trough the horizons of your gaze.

You've made
love
with my reflect
on a silver screen.

I do wait here
for you,
sitting by your side
on my
diminishing hope.

Hello! I
am
here,
my dearest
sore,
touchable
but not
touched,
lovable
but not
beloved.

I am here
sewing words
to
nothingness.

I keep
a stone
in my empty
hand.

I do.

I do.
 
El Amor y la Nada
Una de las imágenes más bellas de la Cábala, es el Árbol de las Zefiroth. No se trata de una representación de Dios -¡blasfemia!-, sino de sus potencias y sus relaciones, a saber: Keter (Corona), Binah (Entendimiento), Hokhmah (Sabiduría), Gevurah (Severidad y Fuerza), Hesed (Misericordia y Grandeza), Tiferet (Belleza), Hod (Reverberación y Gloria), Nezah (Eternidad y Victoria), Yesod (Fundamento) y Malkut (Reino).
Pero la raíz de este Árbol está en En Sof, es decir, la Nada. Mas esta Nada no es ausencia y vacío, sino plenitud y exceso, totalidad.
El significado del Árbol de las Zefiroth es que de Dios sólo podemos conocer sus potencias, pero no podemos conocerlo a Él, porque la esencia misma de Dios permanece en En Sof, ese lleno tan lleno que nos parece vacío, esa totalidad inabarcable por nuestro pensamiento, porque es imposible que lo finito contenga a lo infinito. Ante la visión última de Dios, nuestro pensamiento, el logos, se anula a sí mismo, se disuelve en Dios mismo, porque en Dios no se puede saber, toda gnosis es imposible, sólo se puede ser.
Es por ello que a Dios se le puede alcanzar por sentido negativo, es decir, negando todo lo que no es Él, como quien pela las múltiples capas de una cebolla hasta llegar a la Nada de su corazón: Dios no es el día ni la noche, Dios no es movimiento ni inmovilidad, Dios no es acción ni pasividad, y así sucesivamente.
En pocas palabras, se trata de lo que San Juan de La cruz llama la Noche, es la Nube del No-Saber que menciona el libro homónimo, la nube que se interpone entre nosotros y Dios, fuera de la cual no podemos encontrarnos con Él, pero que es impenetrable al conocimiento.
Y lo que es aplicable a Dios, también lo es para nosotros, porque, si lo pensamos bien, la esencia misma del hombre tampoco es aprensible, como lo puede ser la de los demás seres naturales. No soy mi trabajo, ni mi nacionalidad, ni mi nombre, ni mis relaciones, etc. Soy todo ello, pero todo ello no puede contenerme, porque también soy Nada.
¿No es acaso esta Nada nuestra imagen y semejanza con Dios, nuestro lazo con Él, nuestro pedazo de esencia divina? Es por ello que sólo en la Nada podemos encontrarnos con Dios, porque sólo en ella somos Dios.
Pero, ¿cómo alcanzar esta unión? Y, ¿qué pasa con nuestros semejantes? ¿Estamos condenados a la soledad, a ser unos desconocidos, y unos desconocidos para nosotros mismos?
La respuesta es la siguiente, y también la dan los místicos, en este caso, el autor de La Nube del No-Saber: "Por el amor podemos ser tocados y abrazados, nunca por el pensamiento". Sólo el Amor puede traspasar la Nube, porque si bien es cierto que no puedo saberte, no puedo aprehenderte, sí puedo amarte, puedo amar de ti lo que conozco y lo que ignoro, lo que me gusta y lo que me desagrada, lo que me atrae y lo que aborrezco, lo que me alivia y lo que me hiere. Sólo puedo amarte por entero.
Finalmente, el Amor se erige como la respuesta última, como la llave de la gracia y el único lazo de unión con Dios y nuestro prójimo. Con Él, nada me es extraño. Sin Él, ahora entiendo lo que significan las palabras del poeta Walt Whitman: "Quien camina una legua sin amor camina amortajado hacia su propio funeral".
 
No recuerdo la forma exacta de tus ojos ni su color preciso, sino la fuerza de tu mirada, su peso rodando por mi piel, ariete que derribó mi reticencia.
La ciudad se transfiguró por tu mirada, se hizo suave y abierta, no ya un lugar extraño sino un sitio al que se vuelve.
Yo también fui otro, familiar materia del deseo.
viernes, octubre 10, 2003
 
Último intento
Apelo a tu razón
mas no a tu pecho

a tu sexo sin abrigo
solitario
a tu sexo como un pájaro recién nacido

al hambre de tu cuerpo

a tu lejano amor
a la distancia entre tu amor y tú
al mar océano

a tu amor de mañana
y tu muerte de ahora
-espejo mío
que se descubre igual
mas viceversa-

Te ofrezco
el cansancio de las tardes

tres gotas de sangre
sobre los muslos heridos de la noche

un amor casi indoloro
mientras dure
sin cargos de conciencia

Cedo el odio
hacia mí mismo
-en este vencido intento
soy yo lo que más odio-


Lo sé

No quiero tu corazón
Quiero tu cuerpo

No puedes amarme amor
lo sé

Quiero tu amor de dientes hacia fuera
jueves, octubre 09, 2003
 
Salomé
Dios te daré nada

La cabeza
de Juan
me mira
negra
fea
idiota
desde un ángulo

Zumba

Rezuma
mi
amor
espeso
en mi desierto Juan

Dios nada te doy

ESTE
HOMBRE
ES
MÍO
viernes, octubre 03, 2003
 
Te deum
Todas las noches sueño con serpientes.

Este ídolo. Su pequeña lengua
me dio nombre:
Era nadie.
Ahora soy alguien.

Lenta, mi carne se tangibiliza.
Ahora soy y tengo
un lugar irrevocable.

Éste mi dios. Diminuto,
duermo en el hueco de su axila,
crezco.

Y crezco hacia él
y lejos de mí
y me alejo.

Bendito,
estoy perdido, perdido.
miércoles, octubre 01, 2003
 
Viajar
Amo viajar. No hay mayor sensación de libertad que meter tu vida entera en una mochila y partir hacia un destino del cual, como siempre, nunca estás bien seguro. Dormir en una cama, en una habitación que haces tuya por unos cuantos días. Comer lo que nunca antes habías probado. Vagar por las calles de una ciudad que no conoce tus pasos y entrar en el primer lugar que aparece y llama tu atención. Hasta el tiempo es otro, es distinto.
Recuerdo París, Ciudad de México, Oaxaca, Pachuca y Monterrey. Vagar, vagar, vagar... Recuperar aquellos momentos en que he sido completamente feliz. Dejarme atrás y recomenzar... Quiero viajar, viajar, viajar...

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